CATEDRAL: viene de Cátedra término griego que se traduce por “silla en alto”. Catedral es la Iglesia en la que tiene su trono el obispo. El nombre procede de “Ecclesia cathedralis”, usado por primera vez en Tarragona el año 516. Se trata, por tanto, de un adjetivo sustantivado. La Catedral es la Iglesia madre de la diócesis. También se la denomina “domus Dei”; de ahí, p. ej. que Catedral en alemán se dice “Dom” o en italiano “duomo”. En español a veces se la llama “seo”. En Estrasburgo y otros muchos sitios de Alemania y varios de Inglaterra, la Catedral se conoce como “Münster” o “Minster” del latin “Monasterium”, porque fueron usadas por los clerigos para vivir en comunidad”
Datos Históricos: 
Juan de Garay bajó por el río Paraná desde Asunción, con 60 “hijos de la tierra” (nombre dado por los españoles a los nacidos en América), diez españoles y una mujer, por órden del Gobernador de Asunción, Juan Torres de Vera y Aragón a repoblar Buenos Aires. Este último nombro a Garay “Teniente Gobernador y Capitan General en todas las provincias del Rio de la Plata”
“En el nombre de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios verdadero, que vive y reina por siempre jamás, y de la gloriosísima Virgen Santa María su Madre, y de todos los santos y santas de la Corte del Cielo, yo Juan de Garay…, estando en este puerto de Santa María de Buenos Aires, … hago y fundo en este dicho asiento y puerto una ciudad la cual pueblo con los soldados y gente que al presente he traido para ello, y mando que se intitule la ciudad de la Trinidad“. Escribe Garay en el acta de fundación un 11 de junio de 1580.
El General español residente en Asunción ordenó inmediatamente el trazado según las Ordenanzas de Población de las Leyes de Indias de Felipe II del año 1573. Destinó para la Iglesia mayor o Catedral el mismo cuarto de manzana que ocupa hoy en día. En el acta de fundación se lee: “la Iglesia de la cu
al pongo por advocación de la Santísima Trinidad, la cual sea y ha de ser Iglesia mayor parroquial”. En lo que atañe a la jurisdicción eclesiástica, la nueva ciudad dependía de la diócesis del Río de la Plata, creada por el Rey de España con acuerdo de Paulo III el 1º de julio de 1547, la misma tenía sede en Asunción.
Esta Iglesia parroquial fue una modesta construcción con paredes de ad
obe, columnas de madera y techo de paja. En 1605 el gobernador Hernando Arias de Saavedra, conocido como Hernandarias, la mandó demoler por vieja e “indecente”. Un manuscrito hayado del primer gobernador criollo de Buenos Aires reza “… la hice derribar y fabriqué de nuevo… y así este templo con todos los demás de esta Provincia, de pueblos indios como de las ciudades, hasta la Catedral, puedo decir que las he fabricado no sólo con el trabajo y constancia de mi persona, sino a costa de mi hacienda” .
En 1616 las vigas del techo se rompieron por el alto grado de putrefacción que tenían. Hernandarias mando a
reconstruirla y reformarla inmediatamente.
Mientras se hacían proyectos para modificarla, solicitando para ello la contribución pecuniaria de los fieles, la Iglesia acabó de derrumbarse. Ni el Cabildo de la ciudad, ni los fieles perdieron el ánimo y enseguida fletaron una embarcación al Paraguay para adquirir y traer la madera necesaria para la reedificación del templo. Las obras se iniciaron en enero de 1618.
Hernandarias encargo al carpintero Pascual Ramírez que, junto a dos oficiales blancos y nueve indios, llevara a cabo la construccion del tempo por tercera vez. Su costo sería de 1.100 pesos. El nuevo edificio resultó más pequeño que el anterior, tanto que en 1621 ya se hablaba de construir otro destinado a la Catedral.
Entre tanto, en Madrid y en Roma se llevaban a cabo los trámites para la creación de la diócesis de Buenos Aires. La bula de erección canónica de Su Santidad Paulo V está fec
hada el 30 de marzo de 1620. Según lo certificado por el escribano del Rey y Mayor de la Gobernación de Buenos Aires, don Juan de Munárriz, el 19 de enero de 1921 tomó posesion del nuevo obispado Fray Pedro de Carranza.
El obispo señaló como Catedral la única Iglesia de clérigos que había en la ciudad. Y en su carta del 4 de may
o de ese mismo año escribía al Rey: “está tan indecente (la Catedral) que en España hay lugares en los campos de pastores y ganados más acomodados y limpios; no hay sacristía, sino una tan vieja, corta e indecente, de cañas, lloviéndose toda con suma pobreza de ornamentos”. Y más adelante: “El Santísimo Sacramento está en una caja de madera tosca y mal parada. Y en cuanto toca al edificio, es forzoso el entablarla y acomodarla, so pena de que dará toda en tierra y nos iremos a una Iglesia de un Convento a hacer Catedral”. Y en el auto de erección del 12 de mayo de 1622 dejó escrito: “Sin coro ni sacristía a propósito, la cubrimos de nuevo y retejamos e hicimos sacristía nueva y coro y pusimos pila de agua bendita en medio de la Iglesia y trajimos de España, con limosnas que su Majestad dio y nosotros en parte tafetanes de colgadura y ternos y otros adornos para servicio del culto divino e hicimos fuera de esto, donación a la Catedral de dos cuadros grandes con guarniciones doradas, el uno del glorioso San José, y el otro de la Magdalena”. Además, instituyó dos cofradías: la del Carmen y la de Esclavos del Santísimo Sacramento.
Cuando el tercer obispo de Buenos Aires, el limeño Fray Cristóbal de la Mancha y Velasco (consagrado por su Santidad Urbano VIII) llegó a su sede el 6 de octubre de 1641, halló a la Catedral, si no en estado ruinoso, por lo menos muy deteriorado. Así que concibió de inmediato la idea de levantar un nuevo templo y se lo comunicó al Rey el 19 de noviembre de 1662. Según el plano que le adjuntó, la Iglesia iba a tener tres naves; para su construcción se necesitarían 5.000 pesos, suma que solicitaba del r
eal tesoro. Por real Cédula de Aranjuez, del 10 de mayo de 1663, el Rey Felipe IV ordenó que se entregara ese dinero. En el gobernador, don José Martínez de Salazar el obispo halló quien colaboraba en la construcción del templo con “incansables fatigas y asistencias continuas, solicitando medios, buscando limosnas, poniendo a su servicio su gran inteligencia en las matemáticas, y particularmente en la arquitectura”. En 1671 la Catedral estaba terminada: constaba de tres naves, su techo de madera y una torre; era de proporciones regulares.
Pero he aquí que una obra con tantas apariencias de solidez, al cabo de siete años, por causa de la calidad inferior de algunos materiales usados en su construcción, empezó a dar muestra de su ruina inevitable.
El año 1678, el nuevo prelado, Antonio de Azcona Imberto se dirigió al Rey haciéndole presente la urgencia en la reparación de la Catedral, y solicitando la suma de 12.000 pesos. Su Majestad acudió a la demanda, de tal manera que en octubre de 1680 se dio comienzo a las obras. El historiador Rómulo D. Carbia comenta: “El peligro estaba en el techo y tenía su origen en que no se le había dado la corriente que exigía la frecuencia y la abundancia de las lluvias. La Iglesia goteábase toda, y ello se debía a que los canales que corrían en todo lo largo del edificio, sobre los arcos que dividían las naves laterales y que tenían por objeto recibir las aguas de la nave principal, habían sido construidos con poca capacidad y malos materiales, al punto de producir continuas filtraciones”. Al poco tiempo el techo se desplomó, se destruyó a consecuencia de ello el retablo del altar mayor y se impuso la demolición de la torre por la gravedad de su deterioro.
La recon
strucción se llevó a cabo muy lentamente, por razones de orden económico, con ladrillos, argamasa, madera de caoba, lapacho y cedro. A pesar de ello, en 1690 la Iglesia con sus tres naves estaba cubierta, aunque todavía faltaba terminar su interior sus capillas, la sacristía y había que elevar la torre que hasta entonces sólo contaba del primer cuerpo. Para hacer frente a todos los gastos se echó mano de todos los medios disponibles: la real hacienda, el obis
po con sus rentas y alhajas, el vecindario con sus limosnas. La obra siguió adelante, pero al fallecer el obispo el 19 de febrero de 1700 aún no estaba concluida. .
Su sucesor fue el trinitario Fray Pedro de Fajardo que, como es de suponer, puso todo su empeño en la conclusión de las obras de la Catedral. En una carta del 20 de agosto de 1721 comunicaba el obispo al Rey que ya se había dado cima a una de las torres y estaba interesado en levantar la segunda.
Pero al año siguiente (1722) el techo del templo volvió a deteriorarse de tal modo, que se temía su derrumbe. Enfermo y en cama, el obispo pidió al Cabildo Eclesiástico que se hiciese cargo de la obra.
El Cabildo, sin presupuesto, dirigió un exhorto a los miembros del Ayuntamiento a quien competía, también, poner manos en ese asunto. Pero por un motivo u otro pasaron dos años sin que se hubiera adelantado nada.
El arcediano de la Catedral, el doctor Marcos Rodríguez de Figueroa, decidio tomar como causa personal la terminación de la obra del templo. El 6 de agosto de 1723, pidió permiso al C
abildo para que un clerigo junto a otra persona saliera “por las calles a pedir limosna a las personas que tuvieran”. Consiguió así 1.500 pesos del vecindario, hizo un empréstito de 2.500 pesos y 1.000 pesos mas provinieron del Cabildo secular. La real hacienda dió 1.800 pesos y el propio arcediano 3.000 de sus propios haberes. Con este monto recaudado se consiguió terminar con el trabajo de las torres, arreglo de las naves y el del pórtico; además, en 1725, un ciudadano de nombre Tomás Trupp, hizo una donación de 5.000 pesos para la compra de cinco campanas.
Al morir Fray José de Peralta Barrionuevo y Rocha Benavídez el 17 de noviembre de 1746, se reunió el Cabildo y eligió vicario capitular al Dr. Bernardino Verdún de Villaysán, una de cuyas principales ocupaciones –y las del Cabildo- fue el mejoramiento de la Catedral.
Como primer acto, tanto el vicario capitular como el Cabildo, hicieron traer de Potosí 400 lingotes de oro y los elementos necesarios para hacer dorar el retablo; luego se ocuparon de blanquear la sacristía mayor, los pilares del cañón principal, de todas sus capillas y del bautisterio; se cerraron los tres arcos que se hallaban bajo la torre, “así por hallarse sin abrigo –dicen los documentos- y expuestos a los vientos y polvos que perjudica mucho al aseo de la Iglesia, como porque el señor gobernador, las reales juntas, el teniente de sacristán mayor, que vive en uno de los accesorios, y otras personas temerosas de Dios tienen informado que sirve, de noche, de abrigo de liviandades”.
Además de ello, el Cabildo se ocupó en hacer alargar el presbiterio, ensancha
r la mesa del altar mayor, cuyo retablo compuso en sus dos caras. Se realizaron trabajos en la sala capitular y el archivo, donde se ordenaron y compusieron según las normas de la época de tal manera que no sufrieran deterioro los documentos y papeles que allí se iban a guardar. El Cabildo tuvo que sufragar los gastos que traían consigo estos arreglos y limpiezas. Un vecino de la ciudad, Agustín de García, donó 500 pesos para el dorado y pintura al óleo del coro principal.
A 9 de la noche del 23 de mayo de 1752 se derrumbó una parte de la Catedral y entre las seis y la siete de la mañana del día siguiente se desplomaron, según informe del gobernador José de Andonaegui “las tres bóvedas de iguales naves”. Y el obispo, don Cayetano Marcellano y Agramont informaba al Rey refiriendose a la Catedral que fue preciso “derribarla enteramente por la poca firmeza de las paredes que han quedado y empezar su fábrica desde los cimientos con más solidez y extensión que los de la antigua, que por su cortedad no parecía Catedral, y a juicio del más acreditado alarife pasará su costo de doscientos mil pesos por el subido precio de los materiales en este puerto” y terminaba pidiéndole “se sirva aplicar a tan útil y necesario edificio la cantidad de dinero que arbitre su real clemencia…”
Este pedido se pasó al Virrey del Perú, a la vista del fiscal, a la real audiencia. Por ello, transcurridos tres años, sin contar con la autorización real y sin haber enviado los planos para su autorización, y con el total apoyo del Cabildo Eclesiástico,
empezó el obispo a levantar la nueva Catedral, la actual, según los planos del arquitecto turines Antonio Masella. El celebre vecino Domingo de Basavilbaso (quien construyera en su domicilio el primer aljibe de Buenos Aires), en 1754 se hizo cargo de la tesorería y dirección de la obra del nuevo templo. La nueva Catedral, según el plano de Masella, contempló un edificio de 100 varas de largo desde la puerta hasta el Altar Mayor sería de cruz latina, con tres naves y seis capillas laterales a ambas , realizada en material y a un costo de 200.000 pesos.
La Catedral se fue edificando con los pocos bienes de la Iglesia y con la cooperación económica del pueblo. En 1758 se pudo inaugurar la llamada nave de San Pedro, la que se halla a la derecha de la puerta de entrada, y también el nuevo bautisterio.
Las disputas que el Rey de España comenzaba a tener con los jesuitas, por el supuesto avance de la corte portuguesa sobre las misiones jesuiticas, hicieron que la ayuda de la corte de Madrid llegara recien en 1760.
El sucesor del obispo Cayetano Marcellano y Agramont, fue el porteño José Antonio Basurco, quien ocupó sólo un año la sede bonaerense, pero hizo también su obra contribuyendo a la prolongación del templo al donar el terreno de una casa, contigua a la Iglesia, que pertenencia de su hermana, doña María Josefa Basurco, tasado en 7.500 pesos, que pagó de su peculio personal.
Una nueva dificultad sobrevino en 1770, se detectaron grietas en la media naranja o cúpula, fue necesario proceder a su demolición. Esto implico que se le embargara al turines Masella el dinero necesario para su reparación. Se le encargo, entonces al arquitecto Manuel Álvarez de Rocha que concluyera las obras.
Al cabo de siete años las obras tuvieron que suspenderse porque también se había suspendido la ayuda estipulada en 6.000 pesos. En 1778 fue demolido el pórtico porque no concordaba con las proporciones del edificio de la Catedral; también fueron demolidas las torres por no estar de acuerdo con el estilo del templo.
Fue el penúltimo obispo de Buenos Aires, don Manuel Azamor y Ramírez, quien la inauguró el 25 de marzo de 1791, treinta y ocho años después de iniciada su reconstrucción en 1753.
El Papa Pio VIII eligió al último obispo de la era hispánica don Benito de Lué y Riega en 1802. La Catedral fue consagrada por él en 1804, quien completó lo que aún le faltaba: el frontis y las torres. Las obras se comenzaron en 1804, pero en 1807 tuvieron de suspenderse por falta de dinero.
Pasados los años, independizado ya el país de la metrópoli, el gobierno de Martín Rodríguez en la persona de su ministro Bernardino Rivadavia puso un gran interés en la conclusión de las obras de la Catedral. Al respecto, se sabe con certeza que las del frontis se comenzaron el mes de enero de 1822.
El encargado de terminar el templo, fue el ingeniero francés Próspero Catelin. Hay algunos autores que afirman que al levantar la columnata del frontis se inspiró en la Iglesia de La Magdalena de París. Pero si confrontamos una y otra, constatamos en seguida que en realidad no fue así. En primer lugar, la Magdalena tiene ocho columnas y la Catedral de Buenos Aires doce. En segundo término, las obras de la Magdalena se concluyeron el año 1842 y por tanto no podía tomarse como modelo lo que aún estaba por concluir en 1822. Según e
l arquitecto Buschiazzo más bien parece que Catelin “se hubiese inspirado en el Palais Bourbon, cuya fachada tiene también doce columnas y que acababa de ser terminado por el arquitecto Poyat en 1807″. Las doce, columnas, número con el que quiso representar a los doce apóstoles, se concluyeron en 1823, aunque sin capiteles y sin las esculturas del tímpano. Las columnas se revocaron tardíamente, en 1862, y ese mismo año, el escultor francés Joseph Dubordieu realizó un bajorrelieve en el timpano con la escena del Antiguo Testamento en la que Jacob se encuentra con su hijo José en Egipto, alusión al encuentro de los argentinos después de la batalla de Pavón en 1861. Las columnas son del orden corintio.
Curiosidades
La Catedral fue declarada monumento histórico el 21 de mayo de 1942 por decreto presidencial número 120.412.
Fue el primer edificio argentino que tuvo un reloj despertador, a fines del siglo XIX.
Es la única Iglesia porteña con dos pulpitos, en razón de que, como en las antiguas Catedrales, se cantaba el Evangelio del día en el del costado derecho, y la Epístola en el del izquierdo.
La araña central perteneció a Napoleón III.
La capilla más notable del templo es la consagrada al Santísimo Sacramento, donde se construyó un altar con exuberante basamento de mármol y columnas de granito al estilo barroco. Las pinturas interiores pertenecen a Francisco Parisi y hay también obras de Rubens y de Gagliardo, quien en el Vaticano retocó las obras de Rafael.
El patio trasero funcionó como cementerio. Estaba cercado para evitar que merodeadores entraran al campo santo a robar. La curia funcionó alli por muchos años, recie
n a mediados del siglo XX, los sacerdotes dispusieron de un lugar cómodo. El enterratorio fue cerrado después de un derrumbe donde muchas tumbas quedaron irreconocibles.
En la entrada de la Catedral podemos observar una estrella de ocho puntas realizada en ceramicas oscuras que indican la Cota Cero (punto de referencia para el nivel de la ciudad).
El primer bautismo anotado en los libros que se han conservado, lleva la fecha 16 de marzo de 1611 y corresponde a Antonia Sosa, hija de Antonio y de su esposa Ana Escovar, siendo el cura Juan Martinez de Macedo.
El primer casamiento fue consagrado el 6 de mayo de ese mismo año, siendo bendecido por el mismo sacerdote. Los contrayentes fueron Francisca Rodriguez y Francisco Gery. Los padrinos fueron Juan Muñoz y su esposa Beatriz
Inesperado hallazgo
El estudio de arquitectos Casano Zubillaga Poli en 1997 fue el encargado de llevar adelante la restauración y reconstrucción del templo. Al momento de recuperar el retablo se encontraron con un hallazgo mas que emocionante.
El 30 de enero de 1997 el arquitecto Juan Carlos Poli contó al diario La Nación el momento del hallazgo: “Cuando corrimos los tres retablos principales, el mayor, el de Nuestra Señora de los Dolores y el de San Pedro, porque había que realizar trabajos de restauración en el muro, descubrimos, con sorpresa, que el retablo del altar mayor había sido proyectado en 1774 para ser rodeable y no pegado contra el muro testero. Al retirar el retablo mayor, des
cubrimos que el muro tenía una pared que lo tapiaba, detrás de ella encontramos una gran capilla, que va a quedar como fue proyectada originalmente.
La capilla que apareció, casi mágicamente, detrás del retablo, no es otra cosa que la original Catedral colonial, que contrasta con el estilo renacentista que impera en el resto del templo.
La estructura del arco y las dos pilastras triangulares que lo sostienen, hasta ahora ocultos por el muro testero, ‘es exactamente igual a la que presenta la capilla de Belén, en el barrio de San Telmo, construída en 1754 por el arquitecto saboyano Antonio Masella, que también llevó adelante el proyecto de la Catedral metropolitana’.
Emoción indescriptible
Junto con el corrimiento del retablo mayor, no sólo apareció el diseño original de la Catedral de Buenos Aires; también volvió a ver la luz, luego de 138 años, la contrafachada del mencionado retablo. ‘Nuestra emoción fue indescriptible’, recordó Poli. En la contrafachada del retablo puede observarse, casi 140 años después, la alegoría de la Inmaculada Concepción. La capilla que estaba oculta, y que no formaba parte de las obras porque se ignoraba su existencia, está siendo restaurada, de manera que la Catedral presentará los dos estilos, colonial y renacentista, y dos imágenes de la virgen, la Nuestra Señora de Buenos Aires y la Inmaculada C
oncepción”
Sobre el Santo Cristo de Buenos Aires
Con este nombre se conoce desde el siglo XVII una piadosa imagen de Cristo Crucificado que se halla en el altar izquierdo del crucero de la Catedral. El gobernador del Río de la Plata, don José Martínez de Salazar la donó en el año 1671; además, él mismo fundó la cofradía o esclavitud denominada “Congregación del Santo Cristo de Buenos Aires”, hoy inexistente. El 11 de diciembre de ese mismo año, el obispo Mancha y Velazco aprobó sus Constituciones y el martes 29, también de ese mismo mes y año, quedó fijado como fecha de su fundación.
Respecto a la imagen, está tallada en madera de algarrobo policromada, representa a Jesucristo crucificado con cuatro clavos; la imagen tiene 1,75 metros de altura y 1,50 de brazos; la cruz mide 3 por 2 metros. La obra fue realizada tallista portugués Manuel de Coyto.
El 18 de junio de 1750 se creó en la Catedral la “Hermandad de María Santísima de los Dolores y sufragio de las ánimas del purgatorio”, erigida canónicamente el 22 de setiembre de 1756. La imagen de la Virgen Maria, la dolorosa, copia de la que se venera en la capilla de la Hermandad de Dolores de la Iglesia de San Lorenzo, de Cádiz, por resolución del obispo Azamor y Ramírez fue colocada en la capilla “de la testera o frente de la segunda nave a mano izquierda de la entrada de la Iglesia por la puerta principal”. La imagen fue donada en diciembre de ese año por Jerónimo Matorras, primo hermano de la madre del general San Martín, doña Gregoria Matorras. Desde ese año se realiza la “misa de dolores y ánimos”.
El altar fue objeto de una transformación el año 1948, conservándose el
retablo tal cual está hoy en día, sólo que a su pie se colocó una imagen de Cristo yacente, réplica del de la Iglesia de San Gregorio, en Sevilla.
Nuestra Señora de la Paz
El obispo Marcellano y Agramont elegido por el Papa Benedicto XIV el 23 de enero de 1749, consagrado obispo el 3 de agosto de 1750 y llegado a Buenos Aires el 6 de diciembre de 1751, trajo consigo una imagen de Nuestra Señora de la Paz. La hizo colocar en la capilla que más tarde fue mausoleo del General San Martín, donde permaneció hasta 1878. La talla de Nuestra Señora de la Paz, en 1910 fue llevada a la capilla de San Javier, en Córdoba, y colocada junto al sepulcro de quien había sido el tercer arzobispo de Buenos Aires, Fray Cristóbal de la Mancha y Velazco. Finalmente por acuerdo capitular del 24 de junio de 1927 fue colocada en su actual capilla. El 12 de octubre de 1952, el Cardenal Santiago Luis Copello la coronó solemnemente y el 15 de agosto de 1953 coronó al Niño.
La capilla del Sagrario
Fue construida en la que era sacristía de los capellanes de coro. La piedra fundamental se colocó el 6 de setiembre de 1941. La obra se concluyó en tres años y el 7 de octubre de 1944, en ceremonia pública el Hermano Mayor de la Archicofradía del Santísimo Sacramento, Dr. Mario J. del Carril, hizo entrega de la llave de la capilla a Su Eminencia el Cardenal Copello. Con la construcción de esta capilla se quiso rendir homenaje a S.S. el Papa Pío XII, que había visitado la Catedral siendo legado pontificio del XXXIV Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en octubre de 1934 y también como homenaje al primer cardenal argentino Dr. Santiago L. Copello. Al costado derecho de la capilla y en una especie de urna fue colocada la magnífica custodia portadora del Señor Sacrament
ado en la grandiosa procesión final del citado Congreso. En la construcción del altar se tomó como modelo el de la confesión de San Pedro en la basílica de su nombre en Roma; el baldaquino de columnas salomónicas, de mármol, recuerda el de Bernini.
Hay que mencionar otras dos imágenes: la de Nuestra Señora de los Desamparados y la del Cristo (de los futbolistas, pero tiene otro nombre “Santo Cristo del gran amor”, que data del año 1980). Es una imagen vestida y tallada en cedro del Libano por un sevillano. Michael Luongo, en su guia turistica Frommer’s Buenos Aires asegura que la imagen fue donada por familiares de desaparecidos durante la última dictadura militar (1976-1983).
El 11 de Abril de 1877 el entonces presidente Nicolas Avellaneda firmó el Decreto de creción de una Comision encargada de repatriar los restos del General San Martin. La misma estuvo presidida por Mariano Acosta, vicepresidente de la Nación. Era entonces Arzobispo Monseñor León Federico Aneiros, la comisión, con la firma de José Prudencio Guerrico, le solicitó al prelado la capilla, ya sin uso, que había servido en otros tiempos de bautisterio. El proyecto de los peticionantes era que en el frente Oeste se erigiese un altar a Santa Rosa de Lima y un sarcófago en el frente Sur. Así lo comunicaron al arzobispo, quien de inmediato pasó la nota al cuerpo capitular. El Cabildo asintió complacido: “mirando como una de las preeminencias y de las glorias de la Iglesia
metropolitana ser la depositaria de los restos de tan ilustre varón”. Al año siguiente hubo un cambio en el proyecto: en vez del bautisterio, la commisión solicitó que el mausoleo sea eregido en la capilla de Nuestra Señora de la Paz, que tuvo que ser ensanchada para ese efecto. El 28 de mayo de 1880 llegaban a bordo del Transporte ARA Villarino los restos del Libertador de America.
Se los trasladó del puerto a la Catedral y, después de celebrado un oficio fúnebre por el eterno descanso de su alma, se colocaron en el monumento. La razón de ello es que los restos habían sido depositados en triple ataúd de grandes dimensiones, de tal manera que sólo pudo caber en el lugar indicado en posición oblicua, no horizontal. El mausoleo, todo de mármol, fue obra
del escultor francés Albert Carrier-Belleuse. Dentro del recinto del mausoleo se han depositado, también, los restos de los Generales Juan Gregorio de Las Heras y Tomás Guido.
Datos Arquitectónicos
Estilo de la Catedral
Una de las cosas que sorprende a quien visita con algun conocimiento de estilos arquitectónicos, la Catedral es la diversidad de géneros que es posible observar en su interior. Esto se debe a los años que se tardó en terminarse, su construcción. Iniciada en el Siglo XVIII y concluida a principios del Siglo XX, pasando por muy diferentes manos, de arquitectos y constructores, quienes, según estuvimos viendo, fueron cambiando o agregando algo, desde elementos un tanto barrocos, hasta su estilo fundamentalmente románico.
El templo impresiona por su volumen y grandiosidad, esto se debe a que su nave central está próxima a los cien metros de largo. Su piso, que tiene una superficie que se aproxima a los tres mil metros cuadrados, es de mosaico y sus pequeñísimas testelas dibujan espinas, clavos y otros motivos de la pasión, formando una atractiva alfombra multicolor que se extiende por toda la Iglesia..
Es uno de los pocos edificios catedralicios de la Argentina que posee una nártex. Este consiste en un pórtico de entrada, cerrado, lo que podríamos llamar doble pórtico, como si fuera un gran vestíbulo, anexo a las naves de templo. Se lo ve separado, antes de ingresar a las naves propiamente dichas, por sendas puertas que coinciden en posición, estilo y volumen con las que, en frente, comunican con el exterior. En los primeros siglos de la Iglesia este lugar, el nártex, se reservaba para los catecúmenos, quienes seguían desde allí las ceremonias y predicación, pero al iniciarse el Ofertorio de la Santa Misa, se retiraban, por no encontrarse autorizados a permanecer durante la liturgia eucarística.
La actual fachada fue diseñada por el arquitecto francés Próspero Catelín en el año 1822, con pórtico neoclásico. Las doce columnas que la componen rematan su fuste liso en labrados capiteles corintios, sobre los que descansan en tablamentos cuyo frontón esculpido constituye una auténtica obra de arte. La ornamentación del frontispicio, que representa el reencuentro del patriarca Jacob con su hijo José, fue realizada, como ya dijimos, entre 1860 y 1863 por Joshep Dubourdieu.
Sobre la pared de la fachada del templo se advierte junto a la llama votiva la frase “Aquí descansan los restos del Capitán General D. José de San Martín y del Soldado Desconocido de la Independencia ¡Salúdalos!”. Junto a ella hay dos inscripciones en latin “Salva a tu pueblo, Señor”, y “Bendice a tu heredad”
En 1877 el arquitecto Enrique Aberg reformó la capilla lateral para poder alojar allí el Mausoleo del General San Martín, obra del escultor Albert Carrier-Belleuse. Valiosas obras de arte componen su equipamiento litúrgico, destacándose particularmente el altar mayor, obra de Isidro de Lorea; la sillería del presbiterio; y las imágenes religiosas de la Virgen de los Dolores y el Santo Cristo de Buenos Aires, que tiene su origen en el siglo XVII.
En su interior poseé un ámbito espacioso y claro con dos laterales en los que abren amplias capillas, sus generosas dimensiones se comunican entre sí y hacen que pueda hablarse de cinco naves, dilatando aún más el espacio. El altar mayor, dorado de majestuosas proporciones se impone en el medio como el punto más conspicuo del centro. Sus formas sinuosas, espiraladas, su ornamentación en base a flores y rocalia, delatan la filiación rococó de la obra. En el brazo izquierdo hay un altar con una imagen del Santo Cristo de Buenos Aires. Al final de la nave izquierda se llega a un altar de interesantes características dedicadas a la virgen de los Dolores una de las primeras traidas al país.
El Organo
Lo construyó la casa alemana Eberhard Friederich Walcker en 1871. Fue el primero de varios instrumentos de origen alemán que luego iban a ingresar en la Argentina en los años subsiguientes.
Antes de ser comprado por nuestra Catedral este órgano con su inusual sistema mecánico de válvulas cónicas estaba instalado en una Iglesia de Berlín. Se lo inauguró oficialmente en 1873 y en esa ocasión el organista Jaime Xarau ejecutó las primeras obras escuchadas en Buenos Aires.
El costo acendió a 260.000 pesos y hay diferentes versiones respecto a quien efectuó el pago. La gloria se la disputan entre el Gobierno Nacional y las autoridades clericales junto Felix Frias (vecino acaudalado de la ciudad).
El sonido de este instrumento es completamente representativo de la estética romántica alemana pero también incluye algunos elementos de estilo francés. Los materiales usados en la construcción de este órgano son de una calidad excepcional. Podemos reconocer el cuidado y el refinamiento del trabajo realizado por el constructor del instrumento durante el desarrollo de cada una de las piezas y el ensamblado final de las mismas.
Las once cajas en la que llegó de Europa el instrumento fueron retenidas en la Aduana Argentina durante dos años y fue necesaria la intervención en persona del presidente Domingo Faustino Sarmiento para lograr destrabar la burocracia existente a través de un decreto y así permitir que el órgano llegue a su destino.
Este instrumento permaneció intacto hasta 1887 año en el cual se le realizaron alteraciones menores que estuvieron en manos del organero Alberto Mateo Poggi. Estas reformas están documentadas en algunas publicaciones que se conservan de aquella época.
Hasta la década del 30 fue un órgano que, para que sonara, había que llevar aire al fuelle con una manivela.
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